Las seis zonas vitivinícolas de Neuquén
Un recorrido por los territorios que explican el vino en Neuquén: meseta, ribera, estepa, precordillera y cordillera patagónica.
Neuquén concentra más del 75% de la producción vitivinícola de la Patagonia argentina y se consolidó como uno de los territorios más dinámicos del vino argentino. Pero su verdadero interés no está solo en el volumen, sino en la diversidad de paisajes que dan origen a sus vinos. Desde San Patricio del Chañar hasta el Norte Neuquino y los viñedos experimentales de la cordillera, cada zona expresa de manera distinta el carácter del vino patagónico.
Pero entender el vino neuquino requiere ir más allá de los datos productivos o de una mirada general sobre la Patagonia vitivinícola. La verdadera diferencia aparece cuando se observa cómo cambia el vino según el territorio donde nace: la meseta, la ribera, la estepa, la precordillera o la cordillera.
Por Sergio Landoni, Sommelier de Territorio
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Neuquén se consolidó como la provincia líder del vino patagónico. Hoy concentra el 75,6% de la elaboración de vinos y mostos de la Patagonia argentina, un dato que confirma su peso productivo y su madurez vitivinícola. A eso se suma una calidad sostenida, una sanidad natural muy alta y una diversidad que ya no se puede explicar como una sola cosa.
Las zonas vitivinícolas de Neuquén se pueden entender hoy en seis grandes áreas: San Patricio del Chañar, la Confluencia, la ribera del río Limay, la Comarca Petrolera, el Norte Neuquino – Alto Neuquén y la Cordillera Neuquina. Cada una expresa el vino patagónico de manera distinta, según su clima, sus suelos y su escala productiva.
Pero ese liderazgo no se explica solo por volumen. Lo interesante es que los mismos varietales se expresan de manera muy distinta según la zona. Un Pinot Noir no dice lo mismo en el Chañar que en la ribera del Limay. Un Malbec cambia por completo entre la meseta de Cutral Co y la altura de Chos Malal. Los blancos, con su acidez natural dominante, encuentran en toda la provincia un lugar lógico y muy bien logrado.
Detrás de todo esto hay algo fundamental: la gente. Productores, enólogos, equipos de viñedo y proyectos grandes y chicos que vienen trabajando hace años, entendiendo el lugar, ajustando decisiones y aprendiendo cosecha tras cosecha. Para ponerles nombre y contexto a esos protagonistas, armé una guía complementaria: Referentes del vino neuquino: pioneros, enólogos y consultores clave .
Este artículo no busca dar cátedra. Busca compartir una impresión y ayudar a dar a conocer una provincia maravillosa . Es una mirada construida desde el territorio, desde el recorrido y desde la copa.
Desde mi trabajo como Sommelier de Territorio, busco entender y contar el vino de Neuquén desde el lugar donde nace: no como una categoría abstracta, sino como un territorio vivo, diverso y en construcción.
Si querés entender el contexto general del desarrollo vitivinícola de la provincia, podés leer también esta guía: Guía del vino neuquino: historia, terroir y regiones .
Versión en inglés: Neuquén Wine Regions
Hablar de las zonas vitivinícolas de Neuquén no es un detalle técnico. Es una forma de entender por qué la provincia ocupa hoy un lugar central en el vino patagónico y por qué su identidad no puede resumirse en una sola región ni en un solo estilo.
Por qué hablar de zonas vitivinícolas en Neuquén
Porque el vino no se explica solo por la provincia. Se explica por el lugar exacto donde nace. El viento no sopla igual en San Patricio del Chañar que en Chos Malal. El agua no es la misma en el río Limay que en un pozo de la meseta. La altura, el suelo y la escala productiva cambian todo.
Hablar de zonas no divide. Ordena y ayuda a entender el mapa del vino neuquino.
1. San Patricio del Chañar
Referencia geográfica: a unos 50 km al noroeste de la ciudad de Neuquén, sobre la meseta vinculada al río Neuquén.
San Patricio del Chañar es el punto de partida del vino neuquino contemporáneo. Un oasis creado en plena meseta, donde el riego del río Neuquén permitió transformar un paisaje árido en uno de los polos vitivinícolas más importantes de la Patagonia. Aquí el vino nace del contraste: suelos pobres y pedregosos, viento constante, gran amplitud térmica y muchas horas de sol. Condiciones exigentes que, bien interpretadas, se traducen en vinos de frescura, tensión y carácter.
El origen y la gran escala: los pilares del polo
Es difícil contar El Chañar sin comenzar por Bodega del Fin del Mundo. Fue el proyecto pionero que, a partir de 1999, inició la transformación productiva de la meseta. Con más de 800 hectáreas implantadas, demostró que en Neuquén no solo era posible producir vino, sino hacerlo a escala y con estándares internacionales. Su impacto fue decisivo: puso a la provincia en la góndola global y generó un efecto arrastre que permitió el desarrollo del resto del polo.
A ese impulso inicial se sumó Familia Schroeder, aportando una mirada de sofisticación técnica y una fuerte identidad simbólica. Su bodega, construida en distintos niveles para trabajar por gravedad, se convirtió en un ícono arquitectónico de la región. El hallazgo de restos de un Titanosaurio durante su construcción dio origen a la línea Saurus, una de las más reconocidas del país. En términos enológicos, Schroeder es referencia obligada cuando se habla de Pinot Noir patagónico, variedad que aquí encuentra una expresión singular.
Bodega Malma completa este trípode fundacional desde una lectura más ligada al terroir y a la experiencia. Fue clave en posicionar a El Chañar con vinos de gran frescura y precisión, y su restaurante se consolidó como uno de los faros gastronómicos del área, integrando viñedos, paisaje y cocina de producto en una experiencia coherente y territorial.
Proyectos de precisión y evolución
Con el paso del tiempo, El Chañar dejó de ser sinónimo de una sola escala o de un único estilo. Bodega Patritti profundizó la exploración de varietales como Cabernet Franc y Petit Verdot, demostrando que la región tiene versatilidad y potencial más allá de los cortes tradicionales.
En los últimos años, el polo atravesó además un proceso de reordenamiento productivo. En 2021, el Grupo Peñaflor adquirió las instalaciones y una parte significativa de los viñedos históricos de Bodega Patritti, iniciando una nueva etapa en el establecimiento.
En ese marco, la familia Patritti continuó elaborando sus etiquetas tradicionales, entre ellas Primogénito y Sangre Azul, desde una bodega de escala boutique, mientras que el predio original pasó a operar como Bodega Marantiqua. Este movimiento confirma la madurez del Chañar: conviven estructuras de proyección internacional y proyectos familiares de identidad precisa.
En una escala más controlada aparece Secreto Patagónico, un proyecto de vinos de autor que pone el foco en la expresión pura de la fruta. Con una estética y una comunicación cuidadas, su propuesta dialoga con un consumidor más joven y curioso, interesado en vinos con identidad clara y narrativa honesta.
La nueva escala: proyectos boutique y de familia
Es en esta capa donde El Chañar gana alma. Familia Aicardi representa el salto de calidad artesanal: una bodega pequeña, con seguimiento del viñedo planta por planta y decisiones enológicas tomadas con tiempo y cercanía. Su trabajo confirma que en la meseta patagónica también hay lugar para elaboraciones de escala cuidada y de alta gama, y para vinos que expresan el detalle.
Tero Rengo, por su parte, encarna la resiliencia y la pasión. Su menor escala permite experimentar con procesos, tiempos y lecturas que las grandes estructuras no siempre pueden asumir. El resultado es una interpretación íntima del suelo pedregoso del Chañar y de su clima extremo, donde el vino funciona como relato personal del lugar.
Otra expresión interesante dentro de los proyectos de pequeña escala es Bodega U24, emprendimiento de Eduardo Panes ubicado en San Patricio del Chañar. Con una mirada artesanal y producciones limitadas, la bodega aporta una lectura distinta del polo: vinos de perfil boutique, donde el foco está puesto en la expresión del terroir neuquino y en una identidad más cercana al vino de autor que a la lógica industrial.
Sus etiquetas incluyen varietales como Malbec y Cabernet Franc, con vinos que priorizan equilibrio, carácter y una interpretación personal del paisaje patagónico.
En paralelo, empiezan a aparecer nuevas formas de habitar el vino en el Chañar. Proyectos que no nacen necesariamente desde el viñedo propio, sino desde la elaboración, la cercanía con el público y la construcción de espacios culturales en torno al vino.
Ahí se inscribe Bodega El Chical, un proyecto impulsado por Alejandro Mussi y Liliana León. Se trata de una bodega urbana que elabora vinos a partir de uvas de productores de la zona, integrando en un mismo espacio la molienda, la fermentación, la crianza y la comercialización.
Pero su aporte va más allá de lo productivo. El Chical nace también como un espacio cultural, pensado para encuentros, música y actividades abiertas a la comunidad, donde el vino funciona como punto de partida más que como único eje.
Este tipo de proyectos suma una nueva capa al desarrollo del Chañar. A la escala productiva, la precisión técnica y las propuestas gastronómicas se suma ahora una dimensión más cercana y urbana, donde el vino se integra de manera directa con la vida cotidiana.
Suelos, clima y Pinot Noir: la clave del carácter
Uno de los grandes diferenciales de San Patricio del Chañar está bajo los pies. Los suelos de canto rodado, pobres en materia orgánica y con excelente drenaje, obligan a la vid a profundizar sus raíces y a regular naturalmente su vigor. Sumados al viento permanente y a la marcada amplitud térmica entre el día y la noche, estos factores ayudan a explicar por qué variedades como el Pinot Noir logran aquí vinos de gran tensión, frescura natural, fruta definida y taninos finos. Hoy el Pinot Noir patagónico encuentra en San Patricio del Chañar uno de sus puntos de referencia más consistentes dentro del mapa argentino.
Pinot Noir, Merlot y Cabernet Franc encuentran muy buenas condiciones. El Malbec también está presente y se expresa con un perfil propio: más firme, con taninos marcados y carácter patagónico.
El factor turístico y gastronómico: el vino como experiencia
Nada de esto sucede de manera aislada. Saurus Restaurant (Familia Schroeder) y Malma Restaurant transformaron El Chañar en un verdadero corredor enoturístico. Almorzar frente a las bardas, con el viento como banda sonora y el vino nacido a pocos metros de la mesa, completa el relato: aquí el vino no solo se produce, se vive y se comparte como experiencia cultural.
San Patricio del Chañar no es un bloque uniforme, sino un ecosistema. Conviven la visión de gran escala de Bodega del Fin del Mundo, la sofisticación técnica de Familia Schroeder y la elegancia de Malma. Pero El Chañar también se escribe en minúscula y con trazo fino: proyectos como Patritti y Secreto Patagónico aportan diversidad, mientras que bodegas boutique como Familia Aicardi y Tero Rengo demuestran que la escala humana puede extraer la esencia más pura de este suelo pedregoso y ventoso.
Para conocer en profundidad quiénes están detrás de estas decisiones técnicas en San Patricio del Chañar y cómo se construyó el estilo del polo, podés leer: Referentes del vino neuquino: pioneros, enólogos y consultores clave .
2. La Confluencia (Neuquén capital y entorno)
Referencia geográfica: en la ciudad de Neuquén y su entorno inmediato, en el punto donde confluyen los ríos Limay y Neuquén y nace el río Negro.
La Confluencia es el vino que resiste dentro de la ciudad. Viñedos pequeños, rodeados por el río y por el crecimiento urbano, asentados sobre suelos de antiguo lecho fluvial, con marcada presencia calcárea y mineral.
Es una zona donde la escala es reducida y el entorno condiciona todo. El río modera el clima, el viento llega atenuado y la maduración se da de manera más lenta y precisa. Los vinos no buscan impacto: buscan equilibrio, tensión y definición.
En este contexto, Mabellini Wines aparece como un corazón vitivinícola de la Confluencia. Ubicada en lo que muchos llaman la “última calle” de la capital neuquina, esta bodega boutique trabaja sobre un viñedo único: rodeado de ciudad, pero con lógica rural.
Uno de sus mayores valores está en la historia viva del viñedo. Allí se conservan clones de Pinot Noir plantados a comienzos del siglo XX, vinculados a las antiguas chacras y al desarrollo ferroviario de la región. No es solo una cuestión varietal: es patrimonio genético y cultural.
El trabajo en bodega acompaña esa lectura del lugar. El uso de huevos de cemento y de polímero permite una vinificación precisa, sin interferencias, donde el suelo y la fruta se expresan con claridad. Los vinos muestran tensión mineral, frescura natural y una elegancia poco común.
En la Confluencia se destacan especialmente el Merlot y el Chardonnay, con perfiles finos, gastronómicos y expresivos. También aparecen muy buenas versiones de Cabernet Franc y Pinot Noir, siempre desde una lógica de sutileza y equilibrio.
Subzona · Ribera del río Neuquén (Centenario)
Dentro de esta misma región existe otra expresión, muchas veces menos visible pero clave para completar el mapa: la ribera del río Neuquén, en el corredor de chacras de Centenario, camino a Cinco Saltos. Aquí el paisaje se abre, el viñedo vuelve a dialogar con la agricultura tradicional y el vino recupera una lógica de valle y de chacra.
En esta ribera también aparecen microproyectos de escala artesanal que buscan interpretar el paisaje fluvial con una lógica de mínima intervención. En Vista Alegre Sur, sobre la margen del río, Costa Oculta (vinos Ojo del Río) suma una lectura honesta del lugar, con producciones limitadas y variedades como Malbec, Cabernet Franc y Chardonnay.
En este entorno se inscribe Viñas Constanza, un proyecto familiar implantado en 2006 sobre una chacra reconvertida de peras y manzanas, con primeras cosechas a partir de 2008. Es un caso claro de continuidad productiva, donde el viñedo se integra al paisaje y a la historia agrícola del lugar.
Su elección del Refosco como variedad emblemática dice mucho: una cepa de carácter, acidez firme y taninos marcados, que en este contexto encuentra una expresión equilibrada y honesta, más ligada a la mesa que al impacto.
La ribera del río Neuquén no busca diferenciarse por contraste, sino completar el relato de la Confluencia. Aporta una mirada más productiva y profundamente neuquina, que suma diversidad y profundidad al conjunto.
La Confluencia no compite en volumen ni en espectacularidad. Su valor está en la coherencia, en la lectura sensible del suelo y en la capacidad de conectar historia, paisaje y vino, tanto dentro de la ciudad como en su ribera productiva.
3. Senillosa y la ribera del río Limay
Referencia geográfica: desde Senillosa hasta Picún Leufú, siguiendo el curso del río Limay.
La ribera del Limay es uno de los corredores más expresivos del vino neuquino. Arena, viento, amplitud térmica y un río que ordena el paisaje: acá la frescura no es un recurso, es una condición natural.
El Limay aporta lo esencial: agua de deshielo fría y limpia, suelos arenosos con presencia de grava y una amplitud térmica marcada, propia de la Patagonia neuquina. Ese equilibrio sostiene la frescura incluso en años cálidos y se traduce en vinos de perfil nítido y directo, donde la identidad del lugar pesa más que la búsqueda de potencia.
En ese mapa, Fincas del Limay ocupa un lugar central. Con viñedos en Senillosa y Picún Leufú, la bodega trabaja en una etapa de ordenamiento y puesta en valor, con foco en el proceso, la definición de estilos y la expresión del lugar. Es una bodega clave de la ribera, que proyecta su crecimiento desde el trabajo sostenido, la coherencia y la lectura del lugar.
Dentro de este mismo corredor apareció también una de las situaciones más singulares del vino neuquino reciente: una implantación de Ugni Blanc surgida a partir de un error de vivero, cuando las plantas llegaron en reemplazo involuntario de Chardonnay. Lejos de descartarse, la variedad terminó adaptándose de manera sorprendente a las condiciones de Senillosa.
El resultado fue un blanco de perfil floral, fresco y con buena estructura, que hoy suma otra capa de diversidad al mapa vitivinícola neuquino y demuestra cómo algunos proyectos pequeños están ampliando la identidad varietal de la región.
En tintos, el Pinot Noir marca el rumbo: delicado, aromático y preciso, acompañado por otros varietales y cortes,
tanto jóvenes como de guarda, que completan una propuesta en evolución.
Los blancos sostienen una línea de frescura y claridad, con acidez nítida y perfiles definidos.
A su alrededor, la ribera suma proyectos con identidades bien definidas. Impasse, nacido hace más de una década, se encuentra próximo a inaugurar su nueva bodega con restaurante, una señal clara de hacia dónde puede crecer Senillosa cuando el vino se piensa también como experiencia. Tierra Tehuelche aporta una escala productiva concreta y una lectura franca del paisaje, mientras que Puerta Oeste refuerza el perfil familiar del corredor, integrando vino, turismo y territorio con lógica de cercanía.
La ribera del Limay no necesita proclamarse. Se deja leer con tiempo, en la acidez, en la fruta y en la mano de quien lo hace.
4. Comarca Petrolera – Cutral Co y Plaza Huincul
Referencia geográfica: Cutral Co y Plaza Huincul, en el centro de la provincia de Neuquén, sobre la meseta, lejos de los grandes cursos de agua.
La Comarca Petrolera representa una de las expresiones más singulares del vino neuquino. Aquí la vitivinicultura se desarrolla en condiciones exigentes, en plena meseta, con viento constante, gran amplitud térmica y un paisaje que no concede facilidades, pero que imprime una identidad clara.
En Cutral Co y Plaza Huincul no hay ríos cercanos. El riego se realiza con agua de pozo profundo, lo que exige un manejo hídrico preciso y permite obtener uvas de buena concentración, sin perder frescura cuando el trabajo en viñedo está bien interpretado.
Los vinos de la zona expresan carácter y tipicidad, pero también diversidad de estilos. Son vinos que no buscan suavizar el lugar del que provienen, sino interpretarlo y expresarlo con precisión.
En este contexto, el Cabernet Franc aparece como uno de los varietales que mejor explica la zona, con perfiles intensos, especiados y de gran profundidad. El Syrah muestra un potencial muy interesante y el Malbec se expresa con potencia y volumen, conservando identidad varietal.
Proyectos como Bodega Municipal Cutral Co funcionan como señal institucional, demostrando la viabilidad técnica de la vitivinicultura en plena meseta y actuando como catalizadores para el desarrollo de nuevos emprendimientos en la zona.
Son vinos que evocan jarilla, viento y estepa, sin caer en la rusticidad. Vinos con voz propia dentro del mapa provincial.
5. Norte Neuquino – Alto Neuquén
Referencia geográfica: norte de la provincia de Neuquén, en la región del Alto Neuquén y la precordillera andina, con eje en Chos Malal y los valles que se extienden hacia Andacollo, Manzano Amargo y el entorno del Domuyo.
El Norte Neuquino – Alto Neuquén es raíz y memoria. En esta región de la precordillera patagónica el vino no se vive como un “polo”: se vive como una historia. Parrales viejos, escala chica, aire limpio y un paisaje que marca el ritmo. No es una zona de volumen. Es una zona de sentido. Es, además, una de las regiones con mayor potencial para la vitivinicultura de clima frío en la Argentina andina.
Dentro de este territorio, Chos Malal y Taquimilán aparecen como referencias históricas, pero el mapa del norte neuquino es más amplio. El paisaje se proyecta hacia los valles que se extienden hacia Andacollo, Manzano Amargo y la región dominada por el Domuyo, un sistema geográfico singular dentro de la Patagonia que combina altura, clima frío y paisajes volcánicos.
Sobre este territorio escribí también un análisis más amplio: Norte neuquino: territorio, paisaje y vino .
Durante mucho tiempo, cuando se hablaba del vino patagónico, el mapa parecía terminar en el Alto Valle y, más recientemente, en San Patricio del Chañar. Sin embargo, el norte de Neuquén guarda una historia vitivinícola mucho menos conocida y un territorio que hoy empieza a despertar un interés cada vez mayor.
El vino nunca desapareció del todo de esta región. Permaneció en los patios de las casas, en viejos parrales familiares y en pequeñas elaboraciones caseras que fueron pasando de una generación a otra. Gracias a esa continuidad todavía sobreviven plantas criollas perfectamente adaptadas al frío, al viento y a la altura del norte neuquino.
En ese recorrido, Bodega Des de la Torre ocupa un lugar central. La familia representa cuatro generaciones vinculadas al vino y, además de elaborar sus propias etiquetas, lleva adelante un valioso trabajo de recuperación de antiguos parrales de Chos Malal. También acompaña a productores de otras localidades del Alto Neuquén, mostrando cómo un mismo varietal cambia de personalidad según el lugar donde crece.
Cada vendimia vuelve a reunir esa historia con el presente y refleja una tradición que sigue viva en el norte neuquino.
Uno de los trabajos más interesantes que desarrolla la bodega es la recuperación de antiguas plantas de uva Criolla. En algunos casos superan el siglo de vida y forman parte del patrimonio vitivinícola de la región. Más que una curiosidad, representan una parte de la historia del vino neuquino que todavía sigue dando frutos.
El Malbec también encuentra aquí una expresión propia. La altura, el clima frío y la amplitud térmica le aportan un perfil diferente al de otras regiones de la provincia, con buena frescura, marcada expresión frutal y una acidez natural que le da equilibrio.
El Alto Neuquén combina valles de precordillera, aire limpio, noches frías y una geografía muy diversa. Son condiciones que permiten pensar en vinos con identidad propia, sin necesidad de repetir modelos desarrollados en otras regiones vitivinícolas.
Lo más interesante es que todavía queda mucho por descubrir. Más allá de los viñedos actuales, existen valles con excelentes condiciones para nuevas implantaciones. No se trata de crecer por crecer, sino de encontrar aquellos lugares donde el vino pueda contar algo distinto.
Esa nueva etapa comenzó a tomar forma en Villa del Nahueve. En el paraje Los Carrizos, la familia Latorre desarrolla Viñas del Nahueve, un emprendimiento que elaborará sus vinos bajo la marca Clos de Latorre y que incorpora una nueva región al mapa vitivinícola neuquino.
El viñedo está implantado a 1.172 metros sobre el nivel del mar, sobre la margen del río Nahueve y a unos treinta kilómetros de la frontera con Chile. Hoy cuenta con media hectárea plantada con 1.000 vides de Malbec, mientras avanza un proyecto de largo plazo que contempla el desarrollo de unas veinte hectáreas.
El agua para el riego proviene de vertientes naturales y del propio río Nahueve, alimentado por las lagunas de Epulafquen, en plena cordillera. El clima es frío, con nevadas durante el invierno, gran amplitud térmica y suelos profundos, franco-limosos y ricos en materia orgánica. Son características que explican por qué este valle comenzó a despertar el interés de quienes estudian el potencial vitivinícola de la Patagonia.
No sorprende que el geofísico Guillermo Corona, creador del proyecto Geografía del Vino, haya puesto su atención en esta región. Su trabajo consiste en estudiar cómo interactúan la geología, los suelos, el relieve, el clima y el paisaje para identificar aquellos lugares con condiciones naturales sobresalientes para la vitivinicultura. Villa del Nahueve reúne muchos de esos factores en un mismo lugar.
Aunque el viñedo comenzó con Malbec, la familia ya proyecta incorporar Riesling. La elección tiene lógica: pocas variedades responden tan bien al clima frío y a la amplitud térmica como esta cepa. Si los resultados acompañan, podría convertirse en una nueva referencia para la viticultura de montaña en Neuquén.
El Alto Neuquén o Norte Neuquino está escribiendo una nueva etapa de su historia vitivinícola. Sobre una tradición que nunca se perdió del todo empiezan a aparecer nuevos proyectos, nuevas miradas y nuevas regiones. Todo indica que una parte muy interesante del futuro del vino neuquino también se construirá en estos valles de montaña.
6. Cordillera Neuquina (zona emergente)
Referencia geográfica: San Martín de los Andes, Villa Lago Meliquina, Aluminé y el valle del río Chimehuín, en la cordillera de la provincia de Neuquén.
En los últimos años empezaron a aparecer pequeñas experiencias vitivinícolas en la zona cordillerana de Neuquén. No son polos productivos ni proyectos de gran escala. Son viñedos experimentales, hileras plantadas para observar cómo responde la vid en un clima de montaña.
En San Martín de los Andes existen dos implantaciones experimentales en Loma Redonda y Ruca Hue. También aparecen algunas hileras en Villa Lago Meliquina y otro proyecto experimental en Aluminé. A esto se suma el antecedente del valle del río Chimehuín, donde ya se han realizado ensayos vitícolas.
La imagen de estos viñedos en plena cordillera ayuda a entender algo fundamental: en esta zona el vino todavía está en una etapa inicial, pero ya existe un paisaje vitícola real, visible y profundamente ligado a San Martín de los Andes.
Son lugares más fríos, con temporadas de crecimiento más cortas y riesgo de heladas. Pero justamente por eso despiertan interés: si estas experiencias prosperan, podrían dar vinos de gran frescura natural, acidez marcada y perfiles de montaña muy definidos.
Por ahora se trata de proyectos pequeños, pero juntos muestran algo interesante: el mapa del vino neuquino todavía no está cerrado. Sigue creciendo.
Sigo con especial interés el desarrollo de estos primeros viñedos cordilleranos. Me entusiasma especialmente pensar en lo que puede suceder en lugares como San Martín de los Andes. El día que podamos descorchar un vino nacido aquí, en plena cordillera neuquina, será algo para celebrar.
Estas zonas muestran cómo el vino cambia según el lugar: meseta, ribera, estepa o precordillera. Cada territorio aporta una lectura distinta y, juntos, ayudan a entender mejor la identidad vitivinícola de la provincia.
Cierre
Desde la meseta del Chañar hasta la ribera del río Neuquén, desde el Limay hasta el Alto Neuquén, y ahora también con las primeras experiencias en la cordillera, el vino cambia porque el lugar cambia.
Neuquén no es una sola región vitivinícola, ni necesita serlo. Es la provincia que hoy lidera la elaboración vitivinícola de la Patagonia y, al mismo tiempo, un territorio donde el vino se transforma con el paisaje, con el agua, con el viento y con las decisiones de quienes lo trabajan.
Hoy el mapa se puede entender en seis zonas vitivinícolas: cinco zonas productivas ya consolidadas y una zona emergente en la cordillera, donde empiezan a aparecer pequeñas experiencias de viticultura de montaña.
Ordenar estas zonas no busca fijar un mapa definitivo. Busca ayudar a mirar mejor, a entender por qué un vino se siente distinto según de dónde viene, y a reconocer que el territorio importa.
En cada zona conviven estilos, escalas y caminos diversos. Hay proyectos grandes y pequeños, bodegas con historia y otras en pleno aprendizaje, vinos más pulidos y otros más directos. Todo eso forma parte del mismo presente.
Esta es simplemente una manera de contar Neuquén desde el lugar, dentro del mapa más amplio del vino patagónico en la Argentina: desde lo que se ve en el viñedo, desde lo que aparece en la copa y desde el tiempo compartido con quienes hacen el vino.
Lo interesante es que todavía hay mucho por descubrir. Y eso, en un territorio como este, es una muy buena noticia.
El vino de Neuquén no es solo una categoría productiva. Es una forma de leer el territorio.
Desde mi trabajo como Sommelier de Territorio, busco aportar a esa lectura: ordenar, interpretar y contar un mapa que todavía se está construyendo, donde cada zona, cada proyecto y cada vino suma una capa más de sentido.
Neuquén ya ocupa un lugar central en la Patagonia vitivinícola. Lo que viene es otra etapa: entenderlo mejor, contarlo mejor y darle identidad. Y eso, recién empieza.
Crédito: Sergio Landoni · Sommelier de Territorio
Parte de esta mirada sobre la diversidad territorial del vino neuquino fue retomada también por Diario Río Negro en esta publicación .
Si te interesa conocer mejor el vino neuquino, sus bodegas, paisajes y regiones desde una mirada territorial, también desarrollo experiencias vinculadas al vino y la Patagonia desde San Martín de los Andes.
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