El Norte Neuquino: cuando el territorio empieza a hablar de vino
Desde Andacollo hacia Manzano Amargo y la región del Domuyo, un territorio del Alto Neuquén empieza a despertar el interés de la vitivinicultura.
Por Sergio Landoni, Sommelier de Territorio
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Este artículo dialoga con otros contenidos del sitio sobre las zonas vitivinícolas de Neuquén, la guía del vino neuquino y vino neuquino y gastronomía.
Como sommelier, mi trabajo consiste en traducir el paisaje a la copa. Pero hay territorios cuya potencia excede la cata convencional y obligan a mirar el mapa completo, geología, clima, cultura, gastronomía y paisaje. Es en ese punto donde la geografía del vino se vuelve una herramienta clave para entender lo que un territorio puede expresar.
Eso es lo que hoy empieza a sugerir el Alto Neuquén más septentrional, en los valles y parajes que se extienden desde Andacollo hacia Manzano Amargo y la región del Domuyo.
Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de vino patagónico, el mapa parecía terminar en el Alto Valle y, más recientemente, en San Patricio del Chañar. Sin embargo, el territorio neuquino es mucho más amplio y diverso. En los últimos años comenzó a aparecer una pregunta interesante, si en el norte profundo de la provincia existen condiciones naturales que podrían abrir, en el futuro, un nuevo capítulo para la vitivinicultura de clima frío.
La pregunta no surge de una moda ni de un entusiasmo turístico. Aparece a partir de la observación del territorio y de ciertas lecturas técnicas sobre su geografía, su clima, la disponibilidad de agua y la configuración de sus suelos.
Cuando en este artículo hablo del Norte Neuquino, no me refiero solamente a Chos Malal como referencia histórica de la región, sino al sistema territorial del Alto Neuquén que se proyecta hacia el norte, con eje en Andacollo, Manzano Amargo y el área dominada por el Domuyo.
En el mundo del vino, esta forma de leer el territorio aparece cada vez con más fuerza bajo la idea de geografía del vino: una mirada que entiende al vino como resultado de un sistema donde intervienen el suelo, el clima, el relieve y la cultura. Es una manera de volver a poner el foco en el lugar antes que en la cepa.
En Argentina, este enfoque viene siendo trabajado y difundido por Guillermo Corona desde su proyecto “Geografía del Vino”, con una mirada que cruza geología, ambiente y viticultura para interpretar cómo se construye la identidad de un vino desde su origen.
Hace tiempo que sigo su trabajo, especialmente por su capacidad de traducir variables complejas en una lectura clara del territorio. Su punto de partida no es la variedad ni el estilo, sino el suelo, entendido no como un dato aislado, sino como parte de un sistema más amplio que incluye clima, agua, relieve y manejo.
En una conversación reciente que mantuve con él sobre el Alto Neuquén, surgió una idea que resulta especialmente interesante. Muchas evaluaciones vitícolas suelen concentrarse en indicadores como la suma térmica, pero esa es solo una parte de la historia.
“Muchas evaluaciones se quedan solo en la suma térmica. Pero hay otras variables que también cuentan: el clima del lugar, la disponibilidad de agua y ciertos niveles de humedad que pueden generar condiciones muy interesantes.”
En el caso del Alto Neuquén, su interés aparece precisamente en esa combinación de factores. La interacción entre clima de montaña, disponibilidad de agua de deshielo, pendientes, orientación de las laderas y la búsqueda de suelos restrictivos abre la posibilidad de pensar en vinos muy distintos a los que hoy dominan el mapa argentino.
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Un territorio que ya tiene identidad
El Norte Neuquino no es un lugar vacío esperando un proyecto productivo. Al contrario, es una región con una identidad territorial muy fuerte, donde naturaleza, cultura y gastronomía forman un conjunto coherente.
En este mapa más amplio del norte neuquino, Chos Malal ocupa además un lugar importante como antecedente vitivinícola concreto dentro de lo que hoy se reconoce como el mapa vitivinícola de Neuquén. Allí, Bodega Des de la Torre demuestra que el vino no es una hipótesis abstracta en la región, sino una práctica con raíces familiares, memoria local y expresión propia. En ese sentido, su recorrido funciona como un puente entre una tradición ya existente y los territorios del Alto Neuquén que hoy empiezan a despertar nuevas preguntas.
La gastronomía local es uno de sus pilares. El Chivito Criollo del Norte Neuquino, reconocido con Denominación de Origen, representa una de las expresiones más auténticas de la cocina patagónica.
En los últimos años se sumó además la reactivación de la cría de truchas en Bella Vista, cerca de Huinganco, un producto que empieza a reforzar el vínculo entre paisaje, producción local y gastronomía en el Alto Neuquén.
Desde la mirada de un sommelier, la escena resulta clara, la grasa fina del chivito, la delicadeza de la trucha de río y la cocina de montaña piden vinos de frescura natural, tensión y acidez vibrante.
Es decir, vinos de clima frío.
Naturaleza, cultura y hospitalidad
La región ofrece además un patrimonio natural y cultural extraordinario.
El sistema volcánico del Domuyo, los paisajes de Los Bolillos, el Cajón del Atreuco, el arte rupestre de Colomichicó o sitios arqueológicos como Cueva Huenul, forman parte de un territorio donde la naturaleza todavía domina la escala.
En los últimos años la provincia comenzó a fortalecer el corredor turístico del Alto Neuquén con mejoras en conectividad vial y una red de hosterías provinciales, Varvarco, Las Ovejas, Huinganco, Manzano Amargo y Los Miches, que funcionan como base para recorrer la región.
Es un modelo de turismo de naturaleza, paisaje y cultura que cada vez atrae más visitantes.
Los pilares de un territorio que empieza a mirar al vino
Si uno observa el Norte Neuquino con atención, aparecen varios elementos que suelen estar presentes en las regiones vitivinícolas más interesantes del mundo.
La diversidad geológica, con suelos volcánicos y sedimentarios, aporta una singularidad poco frecuente en el mapa vitivinícola argentino.
El clima de montaña, con altura, amplitud térmica y disponibilidad de agua de deshielo, genera condiciones naturales para vinos de gran frescura y excelente sanidad de la uva.
La identidad cultural, marcada por la transhumancia y la producción caprina, ofrece un relato territorial auténtico que muchas regiones del vino intentan construir artificialmente.
Y finalmente, la infraestructura turística, con la red de hosterías del Alto Neuquén, permite imaginar experiencias de turismo de montaña vinculadas al vino.
Cuando estos elementos aparecen juntos, el vino suele encontrar un lugar natural dentro del paisaje.
Un vino que podría nacer entre el frío y el fuego
Si las investigaciones sobre el potencial de los suelos del Alto Neuquén confirman lo que algunos especialistas empiezan a intuir, la región podría sumar un nuevo capítulo a su historia productiva.
No se trataría de crear un destino turístico desde cero. Ese destino ya existe.
La vitivinicultura, en todo caso, podría convertirse en una forma más de interpretar el paisaje y agregar valor a un territorio que ya posee identidad propia.
En muchas regiones del mundo el vino cumple ese rol, no reemplaza la cultura del lugar, sino que la amplifica.
El Norte Neuquino reúne condiciones poco comunes, altura, volcanismo, agua de deshielo, amplitud térmica y una gastronomía profundamente ligada al territorio.
Si a ese conjunto se le suma la vitivinicultura, podría aparecer una de las expresiones más singulares del vino patagónico.
Tal vez por eso algunos especialistas miran hoy con especial atención hacia el Alto Neuquén, especialmente hacia los valles y parajes que se extienden desde Andacollo hasta la región del Domuyo.
Se trata de un territorio donde la historia humana se mide en milenios, donde la geología todavía habla con fuerza y donde el paisaje sigue siendo protagonista.
En el mundo del vino, las regiones más singulares no nacen de un plan. Nacen de un territorio que ya tiene identidad y que, en algún momento, empieza también a hacerse escuchar en la copa.
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