Pinot Noir y la identidad del vino neuquino

Neuquén no es la provincia argentina con mayor superficie de Pinot Noir ni posee una historia vitivinícola de siglos. Sin embargo, pocas variedades lograron construir una relación tan clara con un territorio en un período tan breve. En apenas tres décadas, el Pinot Noir pasó de formar parte de los primeros ensayos de una región nueva a convertirse en el vino que mejor explica buena parte de su identidad.

El Malbec continúa siendo la variedad más plantada y ocupa un lugar central dentro de la producción provincial. El Pinot Noir, en cambio, alcanzó otro tipo de reconocimiento. Su importancia no depende solamente de las hectáreas cultivadas, sino de la regularidad con la que expresa las condiciones del lugar, del conocimiento acumulado por productores y enólogos y de la manera en que esos vinos comenzaron a ser reconocidos dentro y fuera de la Argentina.

Para entender cómo ocurrió, hay que volver a los primeros viñedos, seguir las decisiones tomadas durante cada vendimia y recorrer una provincia cuya geografía vitivinícola ya no termina en San Patricio del Chañar. Hoy el Pinot Noir también abre preguntas en Senillosa, el valle del Chimehuín, San Martín de los Andes, Meliquina, Aluminé, Cutral Co, Chos Malal y Plaza Huincul.

¿Por qué el Pinot Noir terminó identificando a Neuquén?

Cuando el Pinot Noir empezó a hablar

Durante las primeras vendimias nadie estaba buscando una cepa emblemática. La preocupación seguía siendo mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más importante: comprobar que el proyecto funcionaba, entender cómo respondían las distintas variedades y descubrir si aquel territorio era capaz de ofrecer vinos con personalidad propia. El Pinot Noir formaba parte de ese conjunto. No ocupaba un lugar especial ni despertaba expectativas diferentes. Era una variedad más dentro de un viñedo que todavía estaba enseñando sus primeras lecciones.

Con el paso de los años empezó a ocurrir algo que llamó la atención de quienes trabajaban todos los días entre las hileras de vid. Mientras algunas variedades ofrecían resultados previsibles, el Pinot Noir parecía reaccionar de una manera muy particular al clima de Neuquén. No se trataba solamente de la calidad de la fruta ni de los análisis de laboratorio. Había una combinación de aromas, textura y equilibrio que aparecía con una naturalidad difícil de explicar desde la experiencia acumulada en otras regiones.

Marcelo Miras recuerda que aquellas primeras elaboraciones obligaban a observar mucho más que a intervenir. La prioridad era entender qué estaba diciendo la uva antes de intentar conducirla hacia un estilo determinado. Esa actitud terminó marcando buena parte de la identidad de los vinos neuquinos. En lugar de imponer un modelo conocido, el trabajo consistía en descubrir qué ofrecía el territorio y acompañar esa expresión durante la elaboración.

Con los años esa misma idea aparece repetida, casi con otras palabras, en quienes continuaron desarrollando la vitivinicultura de la provincia. Leonardo Puppato suele explicar que cada cosecha obliga a volver al viñedo para interpretar lo que ocurrió durante ese ciclo, mientras Lucas Quiroga insiste en que el aprendizaje nunca termina porque el valle sigue mostrando matices nuevos. Nicolás Navío, desde otra generación y otras bodegas, llega a una conclusión muy parecida cuando sostiene que el desafío consiste en expresar el lugar antes que la técnica. Son miradas independientes, nacidas en momentos diferentes, pero todas conducen hacia el mismo punto: el vino comienza en el viñedo y no en la bodega.

En ese proceso el Pinot Noir encontró condiciones que parecían favorecer justamente esa búsqueda. La amplitud térmica permitía conservar una acidez natural que aportaba frescura sin necesidad de correcciones. La baja humedad ayudaba a mantener la sanidad de los racimos y hacía posible cosechar fruta de gran calidad. El viento, lejos de convertirse en un problema permanente, contribuía a mantener el equilibrio vegetativo y reducía la presión de enfermedades. Ninguno de esos factores actuaba por separado. Era la combinación la que empezaba a definir un estilo.

Con el tiempo también quedó claro que el Pinot Noir neuquino no buscaba parecerse al de otras regiones del mundo. Compararlo permanentemente con Borgoña o con Oregón aportaba poco. Cada territorio construye su identidad a partir de su clima, de sus suelos y de las decisiones de quienes lo trabajan. Neuquén no necesitaba copiar un modelo. Necesitaba comprender el suyo.

Esa comprensión fue llegando lentamente. Primero aparecieron vinos que sorprendían por su pureza aromática y por una fruta nítida, sostenida por una acidez natural que les daba tensión y capacidad de guarda. Después comenzaron a reconocerse diferencias entre parcelas, entre zonas del valle e incluso entre viñedos separados por pocos kilómetros. El Pinot Noir dejaba de ser una única variedad para transformarse en una forma de leer el territorio.

Quizás allí radique una de las mayores enseñanzas que dejó aquella etapa. El verdadero descubrimiento no fue comprobar que el Pinot Noir podía producir buenos vinos en Neuquén. Lo realmente importante fue entender que esa variedad tenía la capacidad de mostrar diferencias muy sutiles entre un lugar y otro, convirtiéndose casi en un intérprete del paisaje.

Esa condición terminaría siendo decisiva para el futuro de la provincia.

El Pinot Noir no necesitaba copiar un modelo. Necesitaba que Neuquén comprendiera el suyo.

Los primeros pasos de una nueva región vitivinícola

Una idea que empezó lejos del vino

Mirada desde el presente, la historia parece sencilla. Existe una región vitivinícola consolidada, hay bodegas reconocidas dentro y fuera del país y el nombre de San Patricio del Chañar forma parte del mapa del vino argentino. La tentación es pensar que todo era previsible, que alguien descubrió un lugar extraordinario, plantó viñedos y el resto ocurrió casi naturalmente.

La realidad fue bastante diferente.

Cuando Julio Viola comenzó a interesarse por aquellas tierras, el vino ni siquiera ocupaba el centro del proyecto. Su actividad estaba vinculada a la producción frutícola y el objetivo era encontrar una alternativa para desarrollar un emprendimiento agrícola moderno en una provincia que empezaba a mostrar un fuerte dinamismo económico. Neuquén crecía impulsada por la energía, se abrían caminos, llegaban inversiones y el paisaje productivo parecía ofrecer oportunidades que todavía no habían sido exploradas.

El punto de inflexión apareció mientras intentaban comprender qué podía hacerse con aquel territorio. Los primeros estudios de suelo y las observaciones sobre el clima fueron cambiando la mirada inicial. A medida que avanzaba ese trabajo empezaba a quedar claro que allí había condiciones poco comunes: un ambiente seco, muchas horas de sol, noches frescas durante el período de maduración y agua de excelente calidad proveniente del río Neuquén. Ninguno de esos factores garantizaba el éxito, pero todos invitaban a seguir investigando.

Hubo un episodio que Julio Viola recuerda con frecuencia porque terminó reforzando aquella intuición. Durante un viaje a España tuvo la oportunidad de conversar con un reconocido especialista en vitivinicultura. Le describió el lugar, habló del clima, de los suelos y de las características generales de la zona. La respuesta fue breve, aunque suficiente para confirmar que el proyecto merecía ser tomado en serio. Si esas condiciones eran realmente las que describía, le dijeron, difícilmente estuviera equivocado al pensar en la vid como una alternativa productiva. Aquella conversación no decidió el futuro del proyecto, pero sí fortaleció una idea que ya había comenzado a crecer.

Con el tiempo esa intuición terminó convirtiéndose en una visión mucho más amplia. Julio Viola nunca habla de haber construido solamente una bodega. Cuando recuerda aquellos años insiste en otra palabra: región. Su objetivo era demostrar que ese rincón de Neuquén podía convertirse en un nuevo polo vitivinícola y que, si el proyecto estaba bien pensado, otras bodegas encontrarían razones para instalarse allí. La historia terminó dándole la razón.

Ana Viola, que vivió ese proceso desde adentro, explica que las primeras hectáreas tuvieron justamente esa función. Había que comprobar que la vid respondía, entender cómo se comportaban los distintos sectores del campo y generar confianza. Ningún inversor importante iba a apostar por una región donde todavía no existían antecedentes. Las primeras plantaciones eran, en cierto modo, una demostración de que aquella idea podía sostenerse en el tiempo.

Hoy resulta fácil recorrer San Patricio del Chañar y ver una sucesión de viñedos, bodegas y caminos perfectamente integrados al paisaje. A fines de los años noventa la escena era muy distinta. Antes de plantar una sola vid hubo que abrir canales, desarrollar sistemas de riego, planificar la infraestructura y resolver problemas que no figuraban en ningún manual. Cada decisión obligaba a mirar nuevamente el territorio y a preguntarse si el camino elegido era el correcto.

Con el paso de los años, quienes participaron de aquella etapa comenzaron a describir esa experiencia con palabras sorprendentemente parecidas. Marcelo Miras recuerda que estaban desarrollando una región que todavía no existía en el mapa vitivinícola argentino. Leonardo Puppato suele decir que no había referencias y que fue necesario interpretar un territorio completamente nuevo. Lucas Quiroga explica que el valle todavía sigue enseñando cosas distintas en cada cosecha. Son voces diferentes, pertenecen a generaciones distintas y trabajaron en bodegas diferentes, pero todas coinciden en una misma idea: nadie llegó con respuestas definitivas. El conocimiento se fue construyendo a medida que crecían las plantas y aparecían las primeras vendimias.

Esa forma de aprender también modificó la manera de mirar el viñedo. Muy pronto descubrieron que no alcanzaba con saber cultivar vid. Había que entender cómo reaccionaba cada parcela, cómo cambiaba el suelo en pocos metros, qué hacía el viento sobre el follaje y de qué manera influían las noches frías en la maduración de la uva. El territorio empezaba a hablar, aunque todavía faltaba aprender su lenguaje.

En aquellas primeras plantaciones convivían varias variedades. Algunas ofrecían buenos resultados desde el comienzo y otras exigían más paciencia. Entre todas ellas había una que despertaba especial curiosidad. No era la más sencilla de cultivar ni la más rendidora. Tampoco era la más conocida entre los consumidores argentinos.

Racimo de uvas Pinot Noir en un viñedo de Neuquén
El Pinot Noir exige precisión desde el viñedo: sanidad, maduración lenta y una lectura atenta de cada parcela.

Cuando el viñedo empezó a dar respuestas

Aprender un territorio

Los primeros viñedos crecían bien. Esa era, sin duda, una buena noticia, aunque todavía estaba muy lejos de responder la pregunta que realmente importaba. Una planta puede adaptarse a un lugar y producir fruta sana, pero eso no alcanza para saber qué vino será capaz de ofrecer algunos años después. Entre una buena vendimia y un gran vino existe un camino mucho más largo, lleno de decisiones que no pueden tomarse únicamente desde la teoría.

En las regiones vitivinícolas con siglos de historia ese conocimiento forma parte de una memoria colectiva. Los productores saben cuándo conviene cosechar, cómo responde cada variedad, cuáles son los sectores más tempranos del viñedo y qué parcelas necesitan unos días más para alcanzar el equilibrio buscado. En San Patricio del Chañar no existía esa experiencia. Todo estaba por escribirse y cada cosecha agregaba una página nueva.

Marcelo Miras llegó cuando ese proceso recién comenzaba. Venía de una provincia con una larga tradición vitivinícola y, sin embargo, muy pronto entendió que muchas de las certezas acumuladas durante años debían volver a ponerse a prueba. Neuquén obligaba a mirar el viñedo de otra manera. Las decisiones que en otras regiones parecían casi automáticas aquí necesitaban una explicación nueva, porque el clima, los suelos y la respuesta de las plantas construían un escenario diferente.

Con el paso del tiempo, Miras describió aquellos años con una frase que resume bastante bien el desafío que tenían por delante. Más que elaborar vinos, estaban desarrollando una región que todavía no figuraba en el mapa vitivinícola argentino. La tarea no consistía solamente en obtener una buena cosecha. Había que descubrir cuál era el lenguaje de ese territorio y aprender a interpretarlo antes de intentar imponerle una forma de hacer vino.

Ese aprendizaje ocurría todos los días. Cada recorrida por el viñedo dejaba alguna observación nueva y cada fermentación aportaba información que serviría para la siguiente vendimia. Muy pronto empezaron a notar que las uvas llegaban con una sanidad poco habitual, favorecida por la baja humedad y por un viento constante que mantenía seco el follaje durante buena parte del ciclo vegetativo. También descubrieron que la amplitud térmica ayudaba a conservar una acidez natural que más tarde sería una de las características distintivas de los vinos neuquinos. Nada de eso aparecía como una fórmula terminada. Eran conclusiones que iban naciendo de la experiencia.

Cuando hoy se escucha a Leonardo Puppato, a Lucas Quiroga o a Nicolás Navío, sorprende comprobar que todos describen un proceso muy parecido. Ninguno habla de recetas. Todos recuerdan una etapa de observación permanente, de ajustes, de dudas y de decisiones tomadas frente al viñedo mucho antes que frente a un escritorio. Esa coincidencia entre personas que trabajaron en momentos distintos permite entender que el verdadero aprendizaje no perteneció a una bodega en particular. Fue el aprendizaje de toda una región.

Con el correr de las primeras cosechas apareció otra evidencia que terminaría modificando muchas ideas previas. Las distintas variedades no respondían de la misma manera. Algunas ofrecían resultados previsibles y confirmaban lo que ya se conocía de otras regiones argentinas. Otras, en cambio, parecían encontrar en Neuquén una forma distinta de expresarse, con perfiles aromáticos, niveles de acidez y texturas que llamaban la atención incluso de quienes llevaban muchos años elaborando vinos.

Entre todas ellas había una que empezaba a despertar conversaciones cada vez más frecuentes dentro de la bodega.

No era la variedad más plantada ni la más sencilla de manejar. Exigía paciencia, observación y una enorme precisión tanto en el viñedo como durante la elaboración. Pero vendimia tras vendimia dejaba la sensación de que el territorio le estaba ofreciendo algo especial.

Todavía nadie hablaba del Pinot Noir como un emblema de Neuquén.

Simplemente empezaba a resultar evidente que aquella variedad estaba respondiendo de una manera diferente.

Y esa diferencia merecía ser comprendida.

Construir conocimiento: las personas detrás del Pinot Noir neuquino

Aprender a escuchar el viñedo

Los primeros vinos demostraron que el camino elegido tenía sentido, pero también dejaron en claro que todavía quedaba mucho por aprender. Cada cosecha respondía preguntas y, al mismo tiempo, abría otras nuevas. La edad de las plantas cambiaba, los viñedos empezaban a alcanzar un equilibrio que no habían tenido durante los primeros años y los equipos técnicos contaban con una experiencia que antes simplemente no existía.

No hubo un momento exacto en que ese aprendizaje pudiera darse por terminado. Fue un proceso lento, construido vendimia tras vendimia, en el que cada decisión encontraba su verdadero valor cuando llegaba la siguiente cosecha. Lo que un año parecía una certeza, al siguiente podía necesitar una corrección, no porque el conocimiento anterior fuera equivocado, sino porque el propio viñedo seguía cambiando.

Quienes recorren una plantación joven suelen prestar atención al vigor de las plantas o a la cantidad de racimos. Con el tiempo la mirada cambia. Empiezan a importar otras cosas: el equilibrio entre la vegetación y la fruta, la profundidad de las raíces, la forma en que cada sector del viñedo responde a un verano más cálido o a una primavera con heladas tardías. El productor deja de observar un conjunto de hileras y comienza a reconocer pequeñas diferencias que muchas veces sólo son visibles para quien camina ese lugar todos los días.

Leonardo Puppato suele explicar que el trabajo del enólogo empieza mucho antes de la vendimia. La elaboración no consiste en corregir lo que ocurrió durante el ciclo vegetativo, sino en acompañar el recorrido de la uva desde el viñedo hasta la botella procurando que llegue con la menor cantidad posible de intervenciones. Esa idea, que hoy parece natural, fue tomando forma a medida que el territorio comenzó a conocerse mejor y que las decisiones dejaron de apoyarse exclusivamente en parámetros analíticos para incorporar también la observación cotidiana del viñedo.

Lucas Quiroga describe una experiencia muy parecida. Después de años trabajando en el valle sostiene que todavía aparecen comportamientos inesperados y que el aprendizaje nunca termina. Un mismo cuadro puede responder de manera diferente según las condiciones de cada temporada y eso obliga a mantener una actitud abierta, evitando recetas que funcionaron en el pasado pero que quizás no resulten adecuadas para la siguiente cosecha.

Nicolás Navío llega a la misma conclusión desde otra perspectiva. Para él, cada vino debería expresar el lugar donde nace antes que la mano de quien lo elabora. Esa afirmación parece sencilla, aunque encierra una enorme responsabilidad. Si el objetivo es mostrar el carácter del territorio, entonces cada decisión en el viñedo y en la bodega debe tomarse con la mayor precisión posible, evitando que la técnica termine ocultando aquello que hace diferente a cada parcela.

Con el paso de los años esa manera de trabajar fue modificando incluso la forma de recorrer los viñedos. Ya no alcanzaba con hablar de San Patricio del Chañar como si fuera un único ambiente. Las diferencias entre parcelas comenzaban a hacerse evidentes y obligaban a observar con más detalle la profundidad de los suelos, la presencia de canto rodado, la textura de las arenas o la disponibilidad de agua en cada sector. El territorio se volvía cada vez más complejo y, justamente por eso, mucho más interesante.

Aquella evolución coincidió con otro cambio silencioso. Las plantas habían dejado de ser jóvenes. Sus raíces exploraban capas más profundas del suelo y la relación entre vigor y producción empezaba a estabilizarse. Los vinos ganaban precisión, aparecían matices que antes pasaban inadvertidos y el Pinot Noir comenzaba a mostrar una capacidad cada vez mayor para reflejar pequeñas diferencias entre un lugar y otro.

Ese descubrimiento terminaría cambiando la forma de entender toda la vitivinicultura neuquina.

Durante mucho tiempo se habló de "el Pinot Noir de Neuquén", como si existiera un único estilo capaz de representar a toda la provincia. Sin embargo, a medida que nuevos viñedos entraban en producción y que los productores acumulaban experiencia, esa idea comenzó a perder sentido. El territorio era demasiado diverso para resumirlo en una sola expresión.

Comprender esa diversidad sería el siguiente gran paso.

El territorio que moldeó un estilo

El paisaje dentro de una copa

Hay una pregunta que aparece una y otra vez, tanto en las bodegas como en las degustaciones o en una charla entre amigos cuando alguien prueba por primera vez un Pinot Noir de Neuquén.

¿Cómo es?

La respuesta parece sencilla, pero en realidad no lo es. Un vino no puede resumirse en una lista de aromas ni en una descripción técnica, del mismo modo que un paisaje no se explica nombrando un río, una montaña o un bosque. Todo eso forma parte del conjunto, aunque lo verdaderamente importante es la relación que existe entre cada uno de esos elementos. Con el vino ocurre exactamente lo mismo.

Después de las primeras cosechas, quienes trabajaban en los viñedos comenzaron a advertir que el Pinot Noir respondía de una manera muy particular a las condiciones de Neuquén. No era una conclusión que surgiera de un análisis de laboratorio ni de una degustación aislada. Era una impresión que se repetía vendimia tras vendimia, mientras las plantas alcanzaban mayor madurez y el territorio empezaba a revelar aspectos que al principio habían pasado inadvertidos.

Leonardo Puppato suele explicar que el trabajo más importante del enólogo ocurre antes de que la uva llegue a la bodega. El verdadero desafío consiste en acompañar el desarrollo del viñedo para que la fruta alcance su mejor expresión y, una vez cosechada, intervenir lo menos posible. Detrás de esa idea hay una forma de entender el vino que terminó influyendo en buena parte de la vitivinicultura neuquina. El protagonismo no debía quedar en manos de la técnica ni de la madera, sino del lugar donde esas uvas habían crecido.

Esa mirada fue compartida por otros enólogos que continuaron desarrollando la región. Lucas Quiroga sostiene que el valle sigue enseñando cosas nuevas en cada cosecha y que ningún año es exactamente igual al anterior. Nicolás Navío coincide cuando afirma que el objetivo no pasa por elaborar un vino reconocible por la firma del enólogo, sino por conseguir que cada botella conserve la identidad del viñedo del que proviene. Son caminos distintos que terminan encontrándose en un mismo punto: escuchar al territorio antes de intentar conducirlo.

Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer rasgos que hoy resultan familiares para quienes conocen estos vinos. La fruta suele expresarse con nitidez, predominan las cerezas, las frambuesas y otras frutas rojas frescas, mientras las notas florales y un delicado perfil especiado aportan complejidad sin desplazar al conjunto. La acidez natural sostiene el vino con una tensión que le da longitud y frescura, los taninos aparecen finos y la madera, cuando se utiliza, acompaña sin ocupar el centro de la escena. Nada de eso busca llamar la atención por separado; el equilibrio termina siendo mucho más importante que la intensidad.

Quizás esa sea una de las razones por las que el Pinot Noir encontró una relación tan natural con la gastronomía patagónica. Su delicadeza permite acompañar una trucha apenas grillada, un ciervo, un cordero cocinado lentamente o un plato de hongos sin imponerse sobre ellos. Más que dominar la mesa, parece integrarse a ella con una naturalidad que pocas variedades consiguen, respetando el trabajo del cocinero y permitiendo que cada producto conserve su propia identidad.

Sin embargo, el descubrimiento más importante todavía estaba por llegar. A medida que los viñedos acumulaban años y los productores recorrían cada parcela con una experiencia que antes no tenían, empezó a hacerse evidente que el Pinot Noir reaccionaba con enorme sensibilidad a diferencias muy pequeñas del paisaje. Cambios en la profundidad del suelo, en la proporción de arena o de canto rodado, una ligera variación de pendiente o una exposición distinta al viento alcanzaban para modificar el perfil del vino de una forma que sorprendía incluso a quienes llevaban décadas elaborándolo.

Aquella observación cambió la manera de entender la provincia. Hasta ese momento resultaba natural hablar del Pinot Noir de Neuquén como si toda la región ofreciera una única expresión. Con el tiempo esa idea empezó a perder fuerza, porque la experiencia mostraba exactamente lo contrario. Los vinos compartían una identidad patagónica reconocible, pero al mismo tiempo comenzaban a reflejar matices que respondían al lugar donde habían nacido y a la forma en que cada productor interpretaba ese paisaje.

Comprender esa diversidad obliga también a mirar el mapa con otros ojos. San Patricio del Chañar había demostrado que Neuquén podía producir grandes Pinot Noir, pero la historia ya no terminaba allí. Mientras los viñedos alcanzaban su madurez, otras zonas de la provincia comenzaban a plantar las primeras hectáreas, incorporando climas, suelos y paisajes que ampliarían todavía más el horizonte de la vitivinicultura neuquina. El desafío dejaba de ser comprobar si el Pinot Noir podía adaptarse a Neuquén; ahora la pregunta era mucho más interesante, porque invitaba a descubrir cómo cambiaría esa variedad al recorrer una provincia donde ningún territorio es exactamente igual a otro.

El Pinot Noir se expande por Neuquén

Durante bastante tiempo alcanzaba con nombrar San Patricio del Chañar para hablar del vino neuquino. Allí se habían realizado las primeras plantaciones de gran escala, se concentraban las bodegas más conocidas y era lógico que toda la atención estuviera puesta en ese rincón del departamento Añelo. Desde afuera daba la impresión de que la historia empezaba y terminaba allí, como si el resto de la provincia observara el fenómeno desde cierta distancia.

Sin embargo, mientras el Chañar consolidaba su lugar dentro de la vitivinicultura argentina, otros productores comenzaban a hacerse una pregunta parecida a la que Julio Viola se había hecho algunos años antes. La diferencia era que ahora ya existía una experiencia sobre la cual apoyarse. Nadie necesitaba demostrar que Neuquén podía producir buenos vinos. El desafío consistía en averiguar si esa misma identidad podía expresarse de otra manera cuando cambiaban el paisaje, los suelos o la relación con el agua.

La expansión no ocurrió siguiendo un plan único ni respondió a una estrategia diseñada desde un escritorio. Fue avanzando a medida que aparecían personas dispuestas a probar, recuperar una chacra, plantar unas pocas hectáreas o transformar una idea personal en un proyecto de vida. Algunas venían del mundo del vino; otras llegaban desde actividades completamente diferentes. Lo que compartían era una misma curiosidad por descubrir qué podía ofrecer ese lugar elegido entre tantos otros.

Fue entonces cuando comenzó a resultar evidente que el mapa vitivinícola de Neuquén era mucho más amplio de lo que se había imaginado en los primeros años. La provincia dejaba de apoyarse exclusivamente en una región para transformarse en un mosaico donde cada zona aportaba matices propios. Lo verdaderamente interesante era que esa diversidad no debilitaba la identidad neuquina; la enriquecía. Todos esos vinos compartían un mismo origen patagónico, aunque cada uno encontraba una manera diferente de contarlo.

Ese proceso todavía estaba lejos de completarse. Hacia el oeste, la Comarca Petrolera comenzaba a dar sus primeros pasos. Más al norte aparecían nuevos proyectos en Chos Malal, Taquimilán y Villa del Nahueve, mientras la cordillera empezaba a ofrecer escenarios impensados pocos años antes. El mapa seguía creciendo y, con cada nueva plantación, la provincia incorporaba una pieza más a una historia que ya no podía explicarse desde un único lugar.

Quizás esa sea una de las mayores enseñanzas que deja el recorrido por Neuquén. El Pinot Noir no construyó una región uniforme. Ayudó a revelar la diversidad de una provincia donde el agua, la altura, los suelos y el clima cambian con sorprendente rapidez, permitiendo que cada nuevo viñedo encuentre una voz propia sin perder el hilo conductor que une a todos ellos: la búsqueda permanente de una identidad nacida del territorio.

San Patricio del Chañar

San Patricio del Chañar sigue siendo el núcleo del Pinot Noir neuquino. Allí se realizaron las primeras plantaciones modernas a gran escala, se formaron equipos técnicos, se ensayaron clones, fechas de cosecha y formas de elaboración, y comenzó a construirse una experiencia que más tarde serviría para interpretar otras zonas. La concentración de viñedos en el departamento Añelo no es solamente un dato de superficie: expresa el peso histórico de un lugar donde la provincia aprendió a producir vino contemporáneo.

El Chañar no es uniforme. Los cambios de suelo, la cercanía a las bardas, la profundidad de los perfiles y la exposición al viento generan diferencias que el Pinot Noir registra con especial sensibilidad. Esa diversidad interna explica por qué, aun compartiendo un origen geográfico cercano, los vinos pueden mostrar perfiles distintos según la parcela, la edad de las plantas y la lectura de cada productor.

Senillosa y la ribera del Limay

La ribera del Limay fue uno de los primeros escenarios de esa nueva etapa. Senillosa, con una larga tradición agrícola vinculada a la fruticultura, comenzó a recibir emprendimientos familiares que eligieron crecer a otra escala, muy distinta de la que había caracterizado a San Patricio del Chañar. Allí el vino convivía con nogales, almendros, corrales y chacras donde la familia seguía participando de cada tarea, desde la poda hasta la cosecha, desde la elaboración hasta la atención de quienes llegaban para conocer el proyecto.

Puerta Oeste nació de esa manera. Viviana Goldstein y Julio Penros compraron una pequeña chacra sin imaginar que años después abrirían sus puertas para recibir visitantes interesados en conocer cómo se elabora un vino artesanal. Las primeras hileras incluyeron Malbec y Pinot Noir, aunque el verdadero aprendizaje llegó mucho después, cuando comprendieron que producir vino significaba mucho más que plantar una variedad. Había que entender el ritmo del lugar, aceptar que cada cosecha enseñaba algo diferente y construir una relación cotidiana con el viñedo.

Algo parecido ocurrió con Impasse. Rosana Jurio y Adrián Del Negro comenzaron elaborando vino casi por curiosidad, mientras buscaban un espacio donde desarrollar su propio proyecto. La oportunidad apareció en Senillosa y, con ella, la posibilidad de plantar Malbec, Cabernet Franc, Pinot Noir y otras variedades que les permitieran descubrir cómo respondía aquel rincón de la provincia. El crecimiento fue lento, como suele ocurrir en los emprendimientos familiares, pero esa misma escala les dio la libertad para experimentar y dejar que el viñedo marcara el rumbo.

Un poco más al sur, Fincas del Limay aportó otra mirada sobre la expansión del vino neuquino. Claudio Larotonda eligió desarrollar dos viñedos, uno en Senillosa y otro en Picún Leufú, convencido de que el río no unía paisajes idénticos sino territorios con personalidad propia. La decisión fue importante porque introdujo una idea que hasta entonces todavía no ocupaba el centro de la discusión: la provincia podía contener distintas expresiones vitivinícolas aun cuando todas compartieran un mismo clima patagónico. Gonzalo Estigarribia continuó ese proyecto después de la muerte de Larotonda y mantuvo viva esa convicción, incorporando además una fuerte mirada sobre la identidad neuquina y el vínculo entre el vino, el paisaje y la comunidad.

Mientras tanto, la Confluencia empezaba a recuperar una tradición que durante décadas había permanecido casi oculta detrás de la fruticultura. Allí, sobre antiguas chacras donde los ríos Neuquén y Limay modelaron suelos aluviales muy diversos, surgieron proyectos como Mabellini Wines, demostrando que la vitivinicultura también podía crecer en un entorno completamente distinto del que había dado origen al polo del Chañar. No era una cuestión de competir entre regiones. Al contrario, cada nuevo viñedo ampliaba el conocimiento sobre la provincia y aportaba otra mirada acerca de cómo el Pinot Noir podía expresarse cuando cambiaban el suelo, la orientación de las parcelas o la historia agrícola del lugar.

Valle del Chimehuín

El valle del Chimehuín abre una conversación distinta. Allí el clima, la cercanía de la cordillera, la duración del ciclo y la relación cotidiana con el agua se apartan de las condiciones conocidas en el este provincial. Los proyectos son pequeños y todavía jóvenes, pero los resultados iniciales alcanzan para sostener la pregunta que importa: qué identidad puede construir el Pinot Noir cuando la estepa se acerca a los bosques y la temporada de crecimiento se vuelve más corta.

En esta zona no tiene sentido exigir definiciones prematuras. El valor está justamente en observar cómo responden las plantas, qué sectores maduran con mayor equilibrio y de qué manera la acidez, la fruta y la textura empiezan a encontrar una voz propia. Cada vendimia suma información a un territorio que recién comienza a ser leído con ojos vitícolas.

La cordillera abre una nueva etapa

Durante muchos años la palabra Patagonia estuvo asociada, dentro del mundo del vino, a los grandes valles irrigados del este neuquino y del Alto Valle del río Negro. Era una imagen lógica. Allí se concentraban las bodegas, los viñedos más extensos y la mayor parte de la producción. Nadie discutía que ese era el corazón de la vitivinicultura regional.

Sin embargo, la Patagonia nunca fue un paisaje uniforme.

Quien recorre la provincia desde el río Colorado hasta el lago Lácar atraviesa casi seiscientos kilómetros durante los cuales cambian el relieve, el clima, la vegetación y hasta la luz. La estepa va dejando lugar a los mallines, aparecen los primeros cordones montañosos, los bosques avanzan desde el oeste y el agua, que en los valles constituye un recurso escaso y cuidadosamente administrado, pasa a formar parte del paisaje cotidiano. Pensar que todos esos ambientes podían ofrecer el mismo vino habría sido desconocer una de las mayores riquezas de Neuquén: su extraordinaria diversidad geográfica.

Los primeros ensayos realizados en la cordillera nacieron precisamente de esa inquietud. No buscaban competir con San Patricio del Chañar ni demostrar que existía un lugar mejor para el Pinot Noir. La pregunta era mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más desafiante. Si la variedad había mostrado una sensibilidad tan marcada para interpretar el territorio, ¿qué ocurriría cuando creciera en un ambiente donde casi todas las condiciones cambiaban al mismo tiempo?

Las respuestas comenzaron a aparecer lentamente, como ocurre siempre en la vitivinicultura. Un viñedo no revela su personalidad en los primeros años y mucho menos en un ambiente donde todavía no existe una experiencia acumulada. Hace falta paciencia para observar cómo evolucionan las plantas, cómo responde cada temporada y de qué manera el clima va modelando el carácter de la fruta. Esa espera forma parte del trabajo y, probablemente, sea una de las razones por las que el vino enseña a mirar el tiempo de otra manera.

Loma Redonda fue uno de los proyectos que abrió ese camino. Implantado cerca de San Martín de los Andes, demostró que la cordillera también podía incorporarse a la conversación sobre el vino neuquino. Poco después aparecieron otras iniciativas, entre ellas Ruca Hue, los ensayos en Meliquina y nuevas plantaciones vinculadas al valle del Chimehuín y a Aluminé. Cada una avanzó con objetivos diferentes y escalas muy distintas, aunque todas compartían una misma convicción: antes de sacar conclusiones había que dejar hablar al territorio.

Esa actitud resulta especialmente importante cuando se trabaja con Pinot Noir. La variedad rara vez entrega respuestas inmediatas y suele recompensar a quienes aceptan recorrer un camino más largo. Quizás por eso las primeras cosechas despertaron tanto interés entre los productores. No porque permitieran afirmar que la cordillera sería la próxima gran región vitivinícola de la Patagonia, sino porque confirmaban algo mucho más valioso: el paisaje empezaba a expresarse con un lenguaje propio.

Todavía es temprano para definir cuál será la identidad definitiva de esos vinos. Sería apresurado y también injusto con proyectos que recién comienzan a construir su historia. Lo que sí puede afirmarse es que la cordillera amplía el horizonte de la vitivinicultura neuquina y obliga a revisar una idea que durante años pareció inamovible. El vino de la provincia ya no puede explicarse únicamente desde los grandes valles irrigados. A partir de ahora también habrá que mirar hacia las montañas.

Ese cambio de perspectiva tiene un valor que trasciende al propio Pinot Noir. Significa aceptar que la historia del vino neuquino continúa escribiéndose y que todavía quedan paisajes capaces de sorprendernos. Cada nueva plantación incorpora información, cada vendimia aporta una experiencia diferente y cada productor suma una mirada que enriquece el conjunto. No hay certezas definitivas ni recetas que garanticen el éxito. Hay observación, paciencia y una enorme curiosidad por descubrir qué puede ofrecer un territorio que, una vez más, se niega a ser explicado con una sola imagen.

Cuando dentro de algunos años volvamos a recorrer esos viñedos, seguramente entenderemos mejor lo que hoy apenas comenzamos a intuir. Ésa es, quizás, una de las mayores virtudes del vino. Nunca termina de responder todas las preguntas. Siempre deja una puerta abierta para la siguiente vendimia, invitándonos a regresar al mismo lugar con una mirada un poco más atenta que la vez anterior.

El norte neuquino también mira al Pinot Noir

Cuando uno mira un mapa de la vitivinicultura argentina resulta casi inevitable pensar que las grandes regiones ya fueron descubiertas. Mendoza consolidó sus oasis hace generaciones, los Valles Calchaquíes encontraron una identidad propia y la Patagonia norte lleva más de dos décadas demostrando que puede elaborar vinos de enorme calidad. Desde esa perspectiva parecería que el mapa está completo y que, a partir de ahora, sólo queda profundizar el trabajo en los lugares donde la vid ya echó raíces.

Neuquén demuestra que esa idea merece ser revisada.

Mientras San Patricio del Chañar consolidaba su prestigio y nuevas bodegas comenzaban a desarrollarse en Senillosa, la Confluencia o la Comarca Petrolera, el norte de la provincia seguía siendo un territorio prácticamente ausente de cualquier conversación sobre vino. Allí la historia estaba ligada a la ganadería, la trashumancia, las antiguas chacras bajo riego y una geografía marcada por montañas, volcanes y ríos de deshielo que construyen paisajes muy distintos de los que aparecen en los grandes valles del este neuquino.

Precisamente por eso resulta tan interesante observar lo que comenzó a suceder en los últimos años. Los nuevos proyectos no nacieron intentando replicar el modelo de San Patricio del Chañar. Sus impulsores entendieron desde el principio que estaban trabajando en otro ambiente, con otra altitud, otra amplitud térmica y una relación diferente entre el clima, el agua y el suelo. La pregunta ya no era si el norte podía parecerse al Chañar. La verdadera incógnita consistía en descubrir qué identidad podía construir por sí mismo.

Villa del Nahueve representa muy bien ese momento de la historia. A más de mil cien metros sobre el nivel del mar, rodeado por un paisaje donde el invierno deja sentir su presencia durante varios meses, el viñedo de la familia Latorre rompe con muchas de las imágenes tradicionales asociadas a la vitivinicultura neuquina. Allí el río Nahueve, alimentado por las lagunas de Epulafquen, aporta un agua de origen cordillerano que atraviesa uno de los ambientes mejor conservados de la provincia antes de llegar a las parcelas cultivadas. El clima es sensiblemente más frío, las nevadas forman parte del ciclo anual y la temporada de crecimiento obliga a observar la vid con otros tiempos y otras expectativas.

Cuando Kalil Latorre habla de ese proyecto rara vez comienza describiendo las variedades implantadas. Antes aparecen el paisaje, la familia y la decisión de quedarse en un lugar donde muchos jóvenes eligieron irse. El vino ocupa un lugar importante, pero forma parte de una mirada mucho más amplia que busca generar trabajo, diversificar la economía local y demostrar que el norte neuquino también puede construir productos de alto valor agregado sin renunciar a su identidad.

Algo parecido ocurre en Chos Malal. Nicolás de la Torre recuerda que durante mucho tiempo nadie relacionó esa región con el vino y, sin embargo, las condiciones naturales despertaban cada vez más interés entre quienes recorrían el territorio con mirada vitícola. Los primeros ensayos fueron justamente eso: una forma de hacer preguntas antes que de obtener respuestas. Con cada temporada aparecía información nueva y el paisaje comenzaba a mostrar posibilidades que hasta entonces habían permanecido ocultas detrás de otras actividades productivas.

Es temprano para sacar conclusiones definitivas y probablemente todavía falten varios años para comprender el verdadero potencial de estos viñedos. Esa incertidumbre, lejos de ser una debilidad, constituye uno de los aspectos más fascinantes de esta etapa. El lector no está observando una región consolidada; está asistiendo al nacimiento de una nueva expresión del vino neuquino, donde cada cosecha aporta información que no existía el año anterior y donde la experiencia todavía se construye caminando el viñedo, registrando el comportamiento de las plantas y aceptando que muchas respuestas llegarán recién con el tiempo.

Hay un detalle que resulta imposible pasar por alto cuando se recorren estos proyectos. En ninguno aparece la intención de competir con otras regiones de la provincia. Nadie pretende demostrar que el norte hará un Pinot Noir "mejor" que el del Chañar o que la cordillera ofrecerá vinos superiores a los de Senillosa. La conversación va por otro camino. Lo que entusiasma a productores y enólogos es comprobar que cada paisaje empieza a expresarse con una voz propia y que esa diversidad fortalece la identidad del vino neuquino en lugar de fragmentarla.

Quizás ésa sea la enseñanza más valiosa de esta nueva etapa. Durante muchos años la vitivinicultura provincial necesitó demostrar que podía producir grandes vinos. Hoy el desafío es diferente. Ya no se trata de convencer a nadie de que Neuquén merece un lugar dentro del mapa argentino, sino de comprender hasta dónde puede llegar una provincia que sigue descubriendo territorios capaces de ofrecer interpretaciones nuevas de una misma variedad.

Y si el norte neuquino todavía está escribiendo sus primeras páginas, la cordillera abre un interrogante aún más desafiante. Allí, donde el paisaje cambia otra vez y el clima impone condiciones completamente distintas, comienzan a aparecer pequeñas plantaciones que invitan a imaginar un nuevo capítulo para el Pinot Noir de Neuquén. No sabemos todavía cuál será su identidad definitiva. Lo verdaderamente interesante es que, una vez más, la provincia vuelve a hacerse la misma pregunta que dio origen a toda esta historia: ¿qué tiene este lugar para decir cuando se lo escucha con atención?

Viñedo de Pinot Noir en el paisaje de Neuquén
El mapa ya no termina en un único valle: cada nueva implantación amplía el conocimiento sobre el Pinot Noir y la geografía neuquina.

¿Cómo es un Pinot Noir de Neuquén?

Hay variedades que parecen buscar siempre el mismo resultado. Cambian algunos matices según el lugar donde se cultivan, pero conservan un perfil bastante reconocible. El consumidor puede probar un vino elaborado en distintas regiones y seguir encontrando una personalidad que se mantiene relativamente constante.

Con el Pinot Noir ocurre algo diferente.

Quienes trabajan desde hace años con esta variedad suelen coincidir en una observación que al principio puede parecer exagerada: pocas cepas reaccionan con tanta sensibilidad a lo que sucede alrededor de la planta. Una modificación casi imperceptible en el suelo, algunos días más de calor durante la maduración, una mayor exposición al viento o una diferencia de altitud pueden reflejarse en el vino con una claridad que sorprende incluso a quienes llevan décadas recorriendo viñedos.

Fue precisamente esa capacidad la que terminó convirtiendo al Pinot Noir en un aliado inesperado para comprender Neuquén.

Al principio nadie hablaba de microterroirs ni de identidades locales. Bastante trabajo había dado demostrar que la provincia podía producir vinos de calidad. Sin embargo, a medida que las plantas envejecían y las cosechas se sucedían, comenzaron a aparecer diferencias que ya no podían atribuirse únicamente a la mano del enólogo o al manejo del viñedo. Había algo más profundo que empezaba a hacerse evidente y obligaba a mirar el paisaje con una atención distinta.

Leonardo Puppato suele insistir en que cada vendimia representa una oportunidad para seguir aprendiendo. El viñedo nunca responde exactamente igual y esa variabilidad, lejos de ser un problema, forma parte de la riqueza del trabajo. Lucas Quiroga describe una experiencia muy parecida cuando explica que el conocimiento acumulado sirve para interpretar mejor cada temporada, aunque nunca alcanza para anticipar todas las respuestas. Nicolás Navío completa esa mirada recordando que el objetivo final no consiste en elaborar un vino idéntico año tras año, sino en conservar el carácter del lugar aun cuando las condiciones climáticas cambien.

Las tres miradas coinciden en un punto fundamental. El territorio no es un escenario donde simplemente ocurre la vitivinicultura. Es el protagonista silencioso de todo el proceso.

Esa idea ayuda a entender por qué el Pinot Noir ocupa un lugar tan especial dentro de la historia neuquina. No porque sea una variedad más delicada o más prestigiosa que otras, sino porque tiene una extraordinaria capacidad para registrar pequeñas diferencias del ambiente y convertirlas en parte de la personalidad del vino. Allí donde otras cepas tienden a uniformar su expresión, el Pinot Noir suele hacer exactamente lo contrario: amplifica los matices.

Eso comenzó a verse primero dentro de un mismo viñedo. Parcelas separadas por pocos metros daban vinos con perfiles ligeramente distintos y obligaban a recorrer el campo con otra mirada. Después las diferencias aparecieron entre establecimientos vecinos y, finalmente, comenzaron a hacerse evidentes cuando la variedad empezó a plantarse en otras regiones de la provincia. El mapa vitivinícola neuquino dejaba de ser una superficie relativamente homogénea para transformarse en una suma de paisajes que compartían un origen común, aunque cada uno aportaba su propia interpretación.

Quizás ése sea uno de los aspectos menos visibles del trabajo que realizan agrónomos y enólogos. Gran parte de su tiempo no transcurre tomando decisiones dentro de la bodega, sino caminando el viñedo, observando cómo evoluciona una planta respecto de la temporada anterior, prestando atención a un cambio de vigor o preguntándose por qué un sector maduró unos días antes que el resto. Son diferencias pequeñas, muchas veces invisibles para quien visita el viñedo por primera vez, pero terminan dejando una huella en la botella.

Con el tiempo, esa forma de observar también modificó la manera de recorrer Neuquén. Los productores dejaron de preguntarse únicamente si una zona era apta para cultivar vid y comenzaron a interesarse por otra cuestión, bastante más ambiciosa. Querían saber qué identidad podía construir cada uno de esos lugares y qué aportaría al conjunto de la vitivinicultura provincial.

La respuesta todavía se está escribiendo.

Cada nueva plantación agrega información, cada vendimia amplía el conocimiento disponible y cada botella permite comprender un poco mejor la relación entre el paisaje y el vino. Por eso resulta tan interesante salir ahora de los valles tradicionales y poner rumbo hacia el norte de la provincia, donde el Pinot Noir comienza a encontrarse con escenarios completamente distintos y abre un capítulo nuevo en una historia que todavía está lejos de terminar.

En la copa suele aparecer una fruta roja precisa, con cerezas, frambuesas y, según el origen y la evolución, notas florales, hierbas, especias suaves y registros más profundos que recuerdan a hongos de bosque, sotobosque húmedo, hojas secas o tierra luego de la lluvia. No se trata de convertir el vino en una lista de descriptores. Esos matices importan porque acompañan una sensación general de frescura, tensión y profundidad sin exceso de peso.

Los taninos suelen ser finos y la acidez sostiene el recorrido. La madera, cuando está bien utilizada, funciona como marco y no como argumento central. Los mejores ejemplos no buscan imponerse por volumen ni por madurez; encuentran su personalidad en el equilibrio, en la persistencia y en una cierta transparencia que permite reconocer el lugar antes que la técnica.

Ese perfil explica también su naturalidad en la mesa patagónica. Puede acompañar una trucha apenas grillada, un ciervo, un cordero cocinado lentamente o un plato de hongos sin dominarlo. Su mayor virtud gastronómica está en integrarse, respetando el producto y permitiendo que el paisaje aparezca tanto en el plato como en la copa.

Copa de Pinot Noir neuquino
Fruta roja precisa, acidez sostenida, tanino fino y una expresión que gana complejidad con el tiempo.

Los vinos que construyeron el prestigio del Pinot Noir neuquino

El reconocimiento no nació de una única etiqueta. Se construyó con una sucesión de vinos que, desde estilos y escalas diferentes, demostraron que Neuquén podía ofrecer Pinot Noir con precisión, profundidad y capacidad de guarda. Bodega del Fin del Mundo, Malma, Familia Schroeder, Patritti y otros productores fueron ampliando esa conversación con líneas jóvenes, reservas, partidas de parcela y espumosos donde la variedad mostró una versatilidad poco habitual.

Los premios y puntajes internacionales ayudaron a dar visibilidad, aunque su verdadero valor fue confirmar desde afuera una observación que ya existía dentro de los viñedos. El Pinot Noir neuquino no era una curiosidad geográfica. Había alcanzado una consistencia capaz de sostenerse en mercados exigentes, en concursos y en degustaciones comparativas.

Durante la masterclass de Vinos de Neuquén realizada en Expo Vinos & Negocios 2026, esa diversidad volvió a hacerse visible. Los vinos no ofrecían una única fórmula ni pretendían hacerlo. Mostraban fruta, frescura, estructura y distintas interpretaciones de origen. La conversación que se generó entre compradores, sommeliers, periodistas y productores confirmó algo importante: la identidad provincial no depende de que todos los Pinot Noir se parezcan, sino de que cada uno conserve una relación reconocible con su territorio.

No intentan parecerse a nadie. Hablan con el lenguaje de Neuquén.

Sergio Landoni

El futuro del Pinot Noir neuquino

Hay una pregunta que me hacen con frecuencia cuando hablamos del vino neuquino. Después de todo lo que creció la provincia, después del reconocimiento que fueron consiguiendo sus bodegas y de los premios que comenzaron a llegar desde distintos lugares del mundo, muchos creen que la etapa más difícil ya pasó y que ahora sólo queda seguir produciendo buenos vinos.

Nunca lo vi de esa manera.

Cada vez que vuelvo a recorrer un viñedo encuentro algo distinto. A veces es una parcela que empezó a responder de otra forma. En otras oportunidades aparece una plantación nueva, un productor que decidió probar un camino diferente o una conversación que obliga a mirar el mismo paisaje desde otro lugar. Esa sensación de movimiento permanente me resulta mucho más interesante que cualquier cifra sobre superficie cultivada o cantidad de botellas elaboradas.

Tal vez sea porque Neuquén todavía conserva algo que las regiones vitivinícolas más antiguas fueron perdiendo con el paso de los siglos. Aquí todavía es posible asistir al momento en que una identidad sigue construyéndose. No hablo solamente del trabajo que ocurre dentro de una bodega. Pienso en las decisiones que se toman durante el invierno cuando llega la poda, en la paciencia que exige esperar una cosecha más antes de sacar conclusiones, en las conversaciones que terminan alrededor de una mesa después de recorrer un viñedo y en esa costumbre tan propia de los productores de seguir haciéndose preguntas aun cuando las cosas salen bien.

Quizás por eso nunca sentí que el mayor desafío fuera producir más vino. Naturalmente habrá nuevos viñedos, otras bodegas y mercados que todavía esperan descubrir el Pinot Noir neuquino, aunque el verdadero crecimiento pasa por otro lado. Lo importante será conseguir que el vino forme parte de la cultura de la provincia con la misma naturalidad con que forman parte sus montañas, sus ríos, la pesca, la cocina patagónica o las historias de quienes eligieron quedarse a vivir aquí.

Me gusta imaginar ese futuro porque no depende únicamente de quienes elaboran vino. Empieza cuando un restaurante decide ofrecer etiquetas neuquinas convencido de que representan el territorio donde está cocinando. Continúa cuando un mozo recomienda un Pinot Noir porque conoce el paisaje del que proviene y sabe contarlo con sencillez. También aparece cuando un visitante vuelve a su casa con una botella bajo el brazo y descubre que, al abrirla algunos meses después, regresan a su memoria imágenes, sabores y conversaciones que creía haber dejado atrás.

En el fondo, ésa es la diferencia entre un vino que se bebe y un vino que se recuerda.

A lo largo de este libro recorrimos viñedos muy distintos entre sí. Caminamos por la meseta, llegamos a Senillosa, seguimos el curso del Limay, miramos hacia el norte de la provincia y nos asomamos a la cordillera. En todos esos lugares encontré personas convencidas de que todavía quedaba algo por aprender. Nunca escuché a nadie decir que el camino estaba terminado. Al contrario, la sensación era exactamente la opuesta. Siempre aparecía una nueva pregunta, un ensayo, una idea o un proyecto capaz de abrir otra puerta.

Creo que allí reside una de las mayores fortalezas del vino neuquino.

No tiene miedo de seguir buscando.

Y mientras conserve esa curiosidad será difícil que pierda autenticidad, porque las regiones que dejan de hacerse preguntas suelen empezar a repetirse. Neuquén, en cambio, todavía conserva el entusiasmo de quien sabe que el territorio puede seguir sorprendiéndolo.

Después de tantos kilómetros recorridos y de tantas conversaciones compartidas, estoy convencido de que el Pinot Noir encontró aquí mucho más que un lugar donde adaptarse. Encontró un territorio dispuesto a escucharlo y personas con la paciencia suficiente para entender que la identidad nunca aparece de golpe. Se construye despacio, cosecha tras cosecha, conversación tras conversación y botella tras botella, hasta que un día deja de ser una promesa para transformarse en parte de la memoria de un lugar.

El futuro tampoco dependerá solamente de plantar más hectáreas. Neuquén no necesita competir por volumen ni por precio con regiones de mayor escala. Su oportunidad está en profundizar las diferencias, reconocer mejor las parcelas, acompañar la madurez de los viñedos y comunicar el valor de cada paisaje con la misma precisión con la que se trabaja la uva.

El cambio climático agrega otra dimensión. Las regiones capaces de conservar frescura y acidez natural ganan interés en un mundo donde muchas zonas tradicionales enfrentan temporadas cada vez más cálidas. Neuquén tiene ventajas, pero no garantías. El manejo del agua, las heladas, el viento, la evolución de las temperaturas y la sostenibilidad de cada proyecto exigirán observación y decisiones cada vez más cuidadosas.

Mucho más que una variedad

Cuando se habla de una región vitivinícola es habitual pensar en hectáreas implantadas, variedades, rendimientos o volúmenes de producción. Son datos importantes porque ayudan a comprender la dimensión de una actividad, aunque pocas veces alcanzan para explicar por qué un lugar termina desarrollando una identidad propia.

En Neuquén esa identidad no apareció de un día para otro. Tampoco nació como resultado de un único proyecto exitoso. Fue tomando forma lentamente, a medida que los viñedos crecían, las cosechas se sucedían y cada productor incorporaba su propia experiencia a un conocimiento que todavía estaba en construcción.

Ésa es una de las características que más me atrae de la vitivinicultura neuquina. No existe una receta que todos intenten repetir ni un único modelo al que las bodegas deban parecerse. Cada proyecto aporta una mirada diferente y, lejos de generar contradicciones, esa diversidad termina enriqueciendo el conjunto.

A lo largo de estos años tuve la oportunidad de conversar con enólogos, ingenieros agrónomos, productores y propietarios de bodegas. Las respuestas nunca fueron exactamente iguales, pero detrás de cada conversación aparecía una coincidencia que me llamó la atención. Casi nadie comenzaba hablando de la bodega. La charla terminaba, una y otra vez, en el viñedo.

Allí estaban las preguntas que realmente importaban. Cómo respondió una parcela después de una helada, qué enseñó una vendimia especialmente cálida, por qué un determinado sector del viñedo maduró de otra manera o qué diferencias empezaban a observarse entre zonas que apenas unos años antes parecían ofrecer condiciones muy similares.

Escuchar esas conversaciones permite comprender que el vino es el resultado de un aprendizaje permanente. Cada cosecha deja respuestas, aunque también plantea preguntas nuevas. Esa actitud, que combina observación, paciencia y curiosidad, explica buena parte del crecimiento que tuvo Neuquén durante las últimas dos décadas.

También ayuda a entender por qué la provincia sigue despertando tanto interés. Todavía existen lugares donde el conocimiento recién empieza a construirse. Los proyectos del norte neuquino, los ensayos en la cordillera y las nuevas plantaciones que aparecen en distintas zonas amplían todos los años el mapa del vino provincial y obligan a revisar muchas certezas que parecían consolidadas.

Lejos de representar una debilidad, esa búsqueda permanente constituye uno de los mayores patrimonios de la vitivinicultura neuquina. Las regiones con siglos de historia tienen el privilegio de apoyarse en una tradición muy consolidada. Neuquén ofrece algo diferente. Brinda la posibilidad de asistir al momento en que esa tradición todavía se está escribiendo.

Eso genera una relación muy cercana entre quienes producen el vino y quienes tienen interés en conocerlo. Es posible recorrer un viñedo junto a la persona que tomó la decisión de plantarlo, conversar con el enólogo que siguió cada vendimia desde el primer día o escuchar al productor explicar por qué eligió ese lugar cuando todavía no existían demasiados antecedentes. Son experiencias difíciles de encontrar en regiones donde la historia quedó escrita hace mucho tiempo.

Con frecuencia pensamos que la juventud de una región representa una desventaja frente a zonas con siglos de prestigio. Personalmente creo que ocurre exactamente lo contrario. Tener la posibilidad de observar cómo nace una identidad constituye un privilegio poco común. Estamos viendo cómo se construye una cultura del vino mientras todavía está en movimiento, con aciertos, dudas, aprendizajes y decisiones que dentro de algunos años formarán parte de la historia.

Quizás por eso el Pinot Noir encontró en Neuquén un escenario tan interesante. No llegó a un territorio que buscaba copiar modelos ajenos. Llegó a una provincia que estaba dispuesta a observar, experimentar y aprender de su propio paisaje. Esa libertad permitió que cada zona encontrara su voz sin perder de vista un objetivo común: expresar el territorio con la mayor honestidad posible.

Cuando dentro de algunos años volvamos a recorrer estos mismos viñedos, seguramente veremos bodegas nuevas, otras variedades y productores que hoy recién están dando sus primeros pasos. Lo que difícilmente cambie será esa manera de entender el vino como una construcción colectiva, donde cada cosecha aporta un pequeño capítulo y donde el verdadero patrimonio no pertenece a una empresa ni a una persona, sino a todo un territorio que continúa creciendo.

El Pinot Noir no hizo grande a la vitivinicultura neuquina. Fue la vitivinicultura neuquina la que creó las condiciones para que el Pinot Noir encontrara aquí uno de los lugares donde mejor pudo expresarse.

Sergio Landoni

La diferencia es importante. Coloca a la variedad dentro de una construcción colectiva y evita convertirla en una explicación demasiado cómoda. Antes del prestigio hubo infraestructura, canales, técnicos, productores, inversiones, errores, vendimias difíciles y años de observación. El Pinot Noir encontró una provincia preparada para escucharlo porque esa provincia había aprendido, primero, a escuchar su propio territorio.

Por eso su lugar dentro del vino neuquino no depende de una proclamación formal. Es una identidad construida en la práctica, sostenida por los viñedos, las botellas y la forma en que consumidores, sommeliers y productores empezaron a reconocerlo. El emblema no nació por decreto. Se volvió evidente con el tiempo.