El Wine Bar de Michel Rolland en Bariloche: un lugar para que el vino suceda
Por Sergio Landoni, Sommelier de Territorio
Hay espacios que no necesitan demasiadas explicaciones. Se entienden apenas uno se sienta, mira alrededor y percibe que todo está ahí por una razón simple y valiosa: darle tiempo y respeto al vino.
El Wine Bar de Michel Rolland, dentro del Radisson Blu Bariloche, funciona exactamente así. No es el bar de hotel pensado para cumplir con una carta correcta. Es un lugar donde el servicio y la copa encuentran su lugar, incluso frente a un paisaje que emociona de verdad. El Nahuel Huapi está ahí, tan presente, que obliga al vino a estar a la altura para no quedar en segundo plano. Y lo logra.
El espacio acompaña sin imponer. Materiales sobrios, luz cuidada y una atmósfera que invita a quedarse un rato más. Todo está pensado para que la conversación fluya y el vino tenga tiempo. No hay excesos ni gestos innecesarios. El protagonismo se reparte entre la copa, la mesa y lo que sucede alrededor.
El hotel se completa con un restaurante amplio y luminoso, dentro del cual aparece un espacio más íntimo y cuidado, ideal para catas, encuentros pequeños o charlas donde el silencio suma. En otra ala, el hotel cuenta además con salones para eventos, pensados para encuentros de mayor escala.
En todos los casos, el lago está siempre presente. La vista al Nahuel Huapi acompaña, emociona en silencio y ayuda a que todo funcione.
En el servicio, el trabajo de Florencia Pinillas Ríos, Head Sommelier del Wine Bar, sostiene esa idea de equilibrio. El vino se presenta con criterio, sin exceso, y el espacio lo agradece.
Michel Rolland en Argentina: método y momento justo
No hace falta repasar su trayectoria. Todos sabemos quién es. Lo que me interesa destacar es su peso real en Argentina, y el momento en el que llegó.
Rolland apareció cuando el Malbec estaba en retroceso, cuando se arrancaban viñedos y la confianza en la cepa no era la que es hoy. Vio valor donde otros no lo veían y ayudó a frenar una inercia que podía costarnos caro. Ese gesto, más que cualquier estilo, forma parte de su legado.
Desde Yacochuya en Salta hasta su influencia en Bodega Del Fin del Mundo, en Neuquén, la lógica fue siempre la misma: trabajo, método y una mirada global aplicada a cada territorio. No recetas cerradas, sino criterios. No magia, como él mismo insiste, sino oficio. Catar cientos de muestras temprano, pasar buena parte del año viajando y sostener coherencia en más de veinte países no es un mito romántico: es disciplina.
Ese enfoque ayudó a elevar estándares, a ordenar procesos y a mejorar de manera concreta la calidad del vino argentino, algo que hoy se percibe con claridad en la mesa y en la conversación internacional.
Una invitación a conversar
Para mí, este Wine Bar en Bariloche es el escenario ideal para que pase algo más.
La ciudad ofrece algo cada vez más difícil de encontrar: silencio, paisaje y distancia del ruido. Un contexto que obliga a bajar un cambio, a escuchar y a prestar atención. Y en el vino, eso no es un detalle: es condición.
Me lo imagino como el lugar perfecto para un diálogo honesto entre mundos que tienen mucho para decirse: poner frente a frente los vinos de Michel con nuestros vinos patagónicos. No para competir, sino para compartir mesa. Para que una trayectoria consolidada dialogue con territorios que están construyendo su identidad, desde el respeto mutuo y la curiosidad.
La Patagonia no necesita impostar nada. Tiene paisaje, clima, vinos y personas con historias reales. Y este espacio, frente al lago, parece pedir exactamente eso: encuentros con sentido, conversaciones largas y copas bien servidas.
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